La evolución del Templo Mayor de Tenochtitlan a través de siete etapas constructivas constituye uno de los capítulos más complejos de la ingeniería mesoamericana, caracterizado por la simbiosis entre la consolidación política y la adaptación al entorno geográfico. El edificio no fue concebido como una estructura estática, sino como una entidad arquitectónica orgánica que creció en respuesta directa a las condiciones adversas de un suelo pantanoso. La estratigrafía del sitio demuestra que cada renovación funcionó como un palimpsesto donde los mexicas grabaron su historia dinástica y sus soluciones ante la inestabilidad del terreno.
La imposibilidad de localizar vestigios de la Etapa I representa una limitante metodológica común en el estudio de los asentamientos fundacionales lacustres. Los especialistas asumen que la primera estructura, de proporciones modestas, sucumbió ante la combinación del peso propio del edificio y el lodo lodoso del fondo del lago. Sin embargo, la Etapa II, vinculada a los tres primeros gobernantes mexicas (1376-1427), aporta la base empírica de la dualidad religiosa de Tenochtitlan con sus dos adoratorios intactos en la cúspide.
El crecimiento del edificio adquirió una escala monumental a partir de la Etapa III (1427-1440), bajo el gobierno de Itzcóatl, periodo en el que Tenochtitlan se liberó del yugo de Azcapotzalco y reconfiguró su espacio urbano. Esta fase, junto con la Etapa IVa impulsada por Moctezuma I (1440-1469), coincidió con una serie de crisis climáticas e inundaciones severas que pusieron en riesgo la estabilidad del islote. La elevación constante de las plataformas no solo respondía al prestigio militar, sino a la supervivencia material de los centros de culto.
Durante la segunda mitad del siglo XV, el Templo Mayor experimentó modificaciones específicas que reflejan la especialización de los constructores prehispánicos. La Etapa IVb, bajo el reinado de Axayácatl (1469-1481), se centró en la ampliación de la fachada principal, mejorando el acceso ceremonial para las procesiones crecientes. Posteriormente, el breve mandato de Tízoc (1481-1486) aportó la Etapa V, caracterizada por la incorporación de la Casa de las Águilas en la sección norte, un espacio consagrado a las élites guerreras mexicas.
La expansión perimetral total llegó con la Etapa VI bajo el gobierno de Ahuízotl (1486-1502), quien modificó las cuatro fachadas del monumento, llevando al Templo Mayor a su penúltima expresión de máxima opulencia material. Esta fase representó la madurez técnica del imperio, logrando un equilibrio temporal entre el peso de las nuevas estructuras y la capacidad de resistencia de los pilotes de madera clavados en el fondo del lago para consolidar el terreno.
El epílogo de esta secuencia constructiva, la Etapa VII vinculada a Moctezuma II (1502-1520), sufrió un destino adverso debido al proceso de refundación urbana impuesto tras la conquista española. Al ser la capa externa del complejo piramidal, sus piedras finamente labradas sirvieron de materia prima para la edificación de la nueva ciudad virreinal. Este reciclaje forzoso explica por qué la fase más moderna del edificio es, paradójicamente, la peor conservada en el registro arqueológico contemporáneo.
El estudio integral de las siete etapas del Templo Mayor permite comprender que el urbanismo de Tenochtitlan estuvo marcado por una resistencia continua contra el colapso ambiental. Cada ampliación fue un triunfo de la ingeniería mexica sobre el agua y el fango, un intento de perpetuar el poder del imperio sobre una base geológica que amenazaba constantemente con devorar sus monumentos. Hoy, las capas superpuestas visibles en el centro de la Ciudad de México operan como un testimonio de esa perseverancia arquitectónica.