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El hongo que convierte hormigas en zombis sin tocar su cerebro

junio 28, 2026 · admin

El fenómeno ocurre en bosques tropicales de Brasil, Tailandia y otras regiones cálidas del mundo. Una hormiga carpintera —de las especies Camponotus— sale a buscar alimento y, sin saberlo, entra en contacto con esporas del hongo Ophiocordyceps unilateralis. Estas esporas se adhieren a su exoesqueleto, penetran la cutícula y comienzan a germinar en el interior del insecto.

El hongo no mata de inmediato a su huésped. Durante los primeros días, la hormiga continúa con sus actividades normales: recolecta comida, regresa al nido y se relaciona con sus compañeras. El resto de la colonia no detecta la infección. Los especialistas señalan que, a diferencia de otras enfermedades, las hormigas no cuentan con un mecanismo eficaz para deshacerse del Ophiocordyceps. Este periodo de incubación, que puede durar hasta diez días, es clave para que el hongo se establezca sin ser expulsado.

Cuando el hongo ha crecido lo suficiente, la hormiga infectada abandona el nido. Bajo el control del parásito, desciende del tronco del árbol hasta una altura de aproximadamente 25 centímetros del suelo. Allí, la hormiga se dirige al envés de una hoja —preferentemente en el lado norte de la planta, donde la humedad es mayor— y hunde sus mandíbulas en la vena principal. La mordida es tan firme que los músculos masticadores se atrofian y la hormiga queda anclada de por vida.

En ese punto, la hormiga muere. Pero el hongo continúa su ciclo. Desde la base de la cabeza del insecto emerge un cuerpo fructífero en forma de tallo, que puede alcanzar el doble del tamaño de la hormiga. Desde esta plataforma, el hongo libera nuevas esporas al ambiente, listas para caer sobre otras hormigas que transiten por el suelo y repetir el proceso.

Un equipo multidisciplinario de entomólogos, geneticistas e ingenieros informáticos estudió este mecanismo para descifrar cómo un hongo logra controlar a un animal mucho más complejo que él. Lo que encontraron desafió las explicaciones más sencillas: el cerebro de la hormiga permanece intacto durante todo el proceso. El hongo no invade el sistema nervioso central. En lugar de ello, prolifera en las patas, el abdomen y la cabeza de la hormiga, formando una red de células interconectadas que recorren el cuerpo del insecto. Bajo el microscopio electrónico, los científicos observaron que esta red actúa como una especie de sistema de comunicación que permite al hongo mover los músculos de la hormiga como si fuera una marioneta.

La forma exacta en que el hongo logra dirigir el movimiento en una dirección determinada sigue siendo un misterio. Los investigadores barajan dos hipótesis principales. Una sugiere que el hongo se vale de los sentidos de la hormiga para orientarla hacia el lugar adecuado, lo que explicaría por qué no destruye el cerebro. La otra plantea que el hongo produce compuestos neuromoduladores que envían órdenes al cerebro de la hormiga, aunque sin dañarlo.

El fenómeno no es nuevo en términos evolutivos. Se han encontrado evidencias fósiles que datan de hace millones de años, lo que demuestra que este sistema de manipulación lleva mucho tiempo operando. Lo que ha llamado la atención de la comunidad científica es el grado de especialización del hongo: cada especie de Ophiocordyceps ataca a una especie específica de hormiga, en un ejemplo de coevolución que los expertos califican como impresionante.

A diferencia de los zombis de la ficción, el objetivo del hongo no es acabar con toda la colonia. En un ecosistema equilibrado, solo unas pocas hormigas están infectadas en un momento dado. Los especialistas comparan la infección con «un resfriado crónico»: está presente, pero no diezma a la población. Es una chamba de la naturaleza que, aunque parezca sacada de una película de terror, es parte del equilibrio ecológico.